JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Temblaba la infeliz condesa como una azogada, al encaminarse a casa del canciller.
Sin embargo, una idea algo tranquilizadora se le había ocurrido en el trayecto. Tenía probabilidad de que en hora tan avanzada no la recibiese M. de Maupeou, en cuyo caso se contentaría con avisar al portero de su próxima visita.
En efecto, no había anochecido aún, cuando ya eran las siete de la tarde, y la costumbre que había adoptado la nobleza de comer a las cuatro, suspendía por regla general todos los negocios desde aquella hora hasta el día siguiente.
Si bien era cierto el extraordinario deseo de madame de Béarn por ver al vicecanciller, la idea de que no la recibirían, le sirvió, no obstante, de consuelo. He aquí una de esas contradicciones tan frecuentes en el hombre, que serán siempre comprendidas y nunca explicadas.
Por lo tanto presentóse la condesa, con el convencimiento de que el portero le prohibiría la entrada, y llevando de antemano preparado un escudo de tres libras para domesticar aquel cerbero, esperando por medio de aquella propina que inscribiese su nombre en la lista de los que solicitaban audiencia.
