JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Sumamente agradecida quedaré a vuecencia, tan ilustrado en esta materia.
—El pleito debe, según creo, verse muy pronto.
—Está citado para la semana próxima.
—¿Qué es lo que solicitáis ahora?
—Que vuecencia tome conocimiento de los antecedentes.
—Ya lo he hecho.
—Y… —preguntó temblando la condesa—, ¿qué pensáis, monseñor?
—¿Del pleito?
—SÃ.
—Creo, que sin la menor duda…
—¿Se gana?
—No; se pierde.
—¡Cómo, monseñor! ¿Se pierde?
—Con seguridad, y voy a daros un consejo.
—¿Cuál? —interrogó la condesa— todavÃa con algún resto de esperanza.
—Que si necesitáis hacer algún pago para cuando se sentencie el pleito…
—¿Qué?
—Que preparéis vuestros fondos.
—¡Ay, monseñor!, quedamos arruinados.
—¡Oh!, no desconocéis, señora, que la justicia no puede hacerse cargo de esa clase de consideraciones.