JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Había partido el rey para Marly según tenía anunciado, y ordenó a cosa de las tres de la tarde que le condujesen a Luciennes.
Suponía que tan pronto como hubiese madame Du Barry recibido su esquela, se apresuraría también a salir de Versalles, e iría a esperarle en el delicioso palacio que se había mandado edificar, y que ya había el rey visitado los o tres veces, aunque sin pernoctar en él nunca, bajo el pretexto de ser castillo real.
De tal manera, que fue extraordinaria su sorpresa cuando al llegar vio a Zamora, que poco envanecido por su nuevo título de gobernador, entreteníase en arrancar plumas a la cotorra, que procuraba defenderse a picotazos.
Rivales eran los dos favoritos, como lo eran M. de Choiseul y la condesa Du Barry.
El monarca se instaló en el salón y despidió a su comitiva.
Aunque era el caballero más curioso de su reino, nunca acostumbraba preguntar a criados ni lacayos, pero Zamora no debía entrar en esta categoría, pues ocupaba su rango entre el tití y la cotorra.
Interrogó Luis XV a Zamora.
—¿Se encuentra en el jardín la señora condesa?
