JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Un carruaje, tirado por cuatro caballos que guiaban dos postillones, y que habÃa dejado atrás a Pont-à -Mousson, pequeña ciudad situada entre Nancy y Metz, dirigÃase a ParÃs, una semana después de la escena que hemos referido.
Veinte muchachos y diez comadres que se habÃan detenido alrededor de él mientras se paraba para remudar caballos, entraron en sus respectivas casas expresando con sus ademanes y exclamaciones, extraordinaria hilaridad los unos, y los otros la más profunda admiración.
No habÃa atravesado aquel puente ningún carruaje como aquel, desde que el buen rey Estanislao lo habÃa mandado construir en el Mosela, cincuenta años antes, para facilitar las comunicaciones de su pequeño reino con Francia, sin excepción siquiera de esas galeras de Alsacia, tan curiosas como raras, que en los dÃas de feria conducen fenómenos con dos cabezas, osos bailadores y tribus errantes de saltimbanquis, gitanos de los paÃses cultos.
Aun sin ser burlón ni amigo de la sátira, podÃa cualquiera pararse sorprendido al ver pasar aquel vehÃculo monumental, que no obstante ir suspendido sobre cuatro ruedas de igual diámetro, y sostenido por firmes y sólidos resortes, caminaba con suficiente rapidez para justificar la siguiente exclamación escapada a algunos curiosos:
