JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Es cierto —contestó el rey, haciendo un esfuerzo para apartar de sà aquel dulce encanto—; bien, condesa, veamos si ha vuelto.
Chon desapareció a una señal de su hermana.
Luis XV comenzó nuevamente su investigación, aunque su espÃritu no se hallaba en el estado que al principio de su pesquisa. Han dicho los filósofos que la manera triste o alegre con que el hombre mira las cosas, procede casi siempre del estado de su estómago.
Y como el estómago de los reyes no se diferencia en nada del de los hombres, y aun puede afirmarse que son menos buenos, en general, que los de sus súbditos, pero que comunican su bien o malestar al resto del cuerpo, exactamente como los demás, hallábase el rey de tan buen humor, cuanto le pueden tener los reyes.
HabrÃa dado el rey diez pasos por el pasillo, cuando un nuevo perfume salió a su encuentro.
Abrióse la puerta de un aposento magnÃfico, colgado todo de raso azul, recamado de flores naturales, pudiendo el observador distinguir alumbrada por una luz misteriosa la alcoba, a la cual hacÃa ya dos horas que la linda encantadora procuraba conducir a Luis XV.
—Sigue nuestra reclusión —dijo aquella—, pues según parece no ha vuelto todavÃa Zamora, y como no salgamos del castillo por las ventanas…
—¿Con las sábanas de la cama? —preguntó el rey.