JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo XXXIV

Era un verdadero prodigio la alcoba de Luciennes, así por su construcción como por su adorno.

Hallábase situada hacia Oriente, y estaba tan herméticamente cerrada con persianas doradas y cortinas de raso, que jamás llegaba hasta ella la luz, sin que antes solicitase permiso como un cortesano.

Invisibles ventiladores agitaban durante el verano un aire suavísimo, parecido al que pudieran producir miles de abanicos.

Las diez serían cuando salió el rey de la cámara azul, y hacía ya una hora que sus carruajes lo esperaban en el patio principal.

Con los brazos cruzados Zamora daba o fingía dar órdenes.

Aproximóse Luis XV a la ventana y pudo ver todos estos preparativos de viaje.

—Pero, condesa, ¿qué es esto? —preguntó—: ¿No almorzamos? ¿Pensáis, acaso, despedirme en ayunas?

—No, en verdad, señor —replicó la favorita—; pero como suponía que estabais citado en Marly con M. de Sartine…

—Sí: mas sería mucho mejor prevenirle que viniese aquí; ¡está tan cerca!


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