JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Era un verdadero prodigio la alcoba de Luciennes, asà por su construcción como por su adorno.
Hallábase situada hacia Oriente, y estaba tan herméticamente cerrada con persianas doradas y cortinas de raso, que jamás llegaba hasta ella la luz, sin que antes solicitase permiso como un cortesano.
Invisibles ventiladores agitaban durante el verano un aire suavÃsimo, parecido al que pudieran producir miles de abanicos.
Las diez serÃan cuando salió el rey de la cámara azul, y hacÃa ya una hora que sus carruajes lo esperaban en el patio principal.
Con los brazos cruzados Zamora daba o fingÃa dar órdenes.
Aproximóse Luis XV a la ventana y pudo ver todos estos preparativos de viaje.
—Pero, condesa, ¿qué es esto? —preguntó—: ¿No almorzamos? ¿Pensáis, acaso, despedirme en ayunas?
—No, en verdad, señor —replicó la favorita—; pero como suponÃa que estabais citado en Marly con M. de Sartine…
—SÃ: mas serÃa mucho mejor prevenirle que viniese aquÃ; ¡está tan cerca!
