JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo XXXV

La pobre condesa (debemos respetar la calificación que el rey le había dado, pues le convenía por cierto en aquel momento) corría como alma en pena por condición a París.

Tan asustada Chon como su hermana, ocultaba con el penúltimo párrafo de la carta de Juan en Luciennes su dolor e inquietud, maldiciendo la fatal ocurrencia de recoger a Gilberto en el camino real.

Había llegado ya la favorita al puente de Antin, construido en el albañal que desemboca en el río, rodeando a París desde el Sena hasta la Roqueta, cuando halló un coche que la esperaba.

Iba dentro el vizconde acompañado de un procurador, con el cual, al parecer, sostenía una discusión acalorada.

Tan pronto como distinguió a la condesa, el vizconde se separó del procurador, y se apeó haciendo seña al cochero de su hermana de que se detuviese.

—¡Pronto, hermana! —gritó—, sube pronto en un carruaje y corre a la calle de San Germain-des-Prés.

—¿Es decir que la vieja se divierte con nosotros? —exclamó madame Du Barry cambiando de coche, mientras hacía lo mismo el procurador obedeciendo a un ademán del vizconde.


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