JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo XXXVIII

DONDE LA CONDESA DU BARRY ES,

AL FIN, PRESENTADA

Como todo cuanto es grande, Versalles ha sido y será siempre hermoso.

Aunque el moho corroa las piedras de sus edificios desplomados, aunque sus dioses de plomo, bronce o mármol permanezcan mutilados en sus estanques sin agua y los árboles de sus magníficas alamedas eleven desordenadamente sus ramas hasta el cielo, siempre aparecerá allí, aun cuando sea entre ruinas, un espectáculo admirable y sorprendente para el meditabundo poeta que llegue a admirar los horizontes eternos, después de haber considerado atentamente los efímeros esplendores.

Mas en el apogeo de su gloria era cuando Versalles ofrecía un espectáculo admirable. En aquellos días en que desarmado y contenido por un brillante ejército se agolpaba en tropel en torno de las doradas rejas; en que las magníficas carrozas de terciopelo y raso, tiradas por briosos caballos, rodaban con estrépito alardeando de arrogantes blasones; en que las ventanas, iluminadas como las de un palacio encantado, dejaban ver un mundo deslumbrador de diamantes, rubíes y zafiros, que a la voz de un solo hombre se humillaba, como al pasar el viento doblan su tallo las espigas que doran las campiñas esmaltadas de amapolas, de púrpura y nevadas margaritas.


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