JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —No, mariscal —interrumpió una voz detrás del duque—, consistÃa en que el trono era menos viejo.
Casi se conmovieron los que la habÃan oÃdo, y el duque, volviéndose, se halló con un anciano caballero de elegante apostura, que con misantrópica sonrisa le apoyaba una mano en el hombro.
—¡Qué miro! —exclamó el duque—. ¡El barón de Taverney! Condesa —agregó—, es un antiguo camarada, en favor del cual solicito vuestra amistad: el barón de Taverney Casa-Roja.
—Es el padre —dijeron al mismo tiempo Juan y la condesa, inclinándose para saludarle.
—Al coche, señores, al coche —gritó el jefe de la escolta.
Saludaron los dos ancianos a la favorita y al vizconde y se dirigieron hacia un mismo carruaje, muy gozosos de encontrarse después de tan larga ausencia.
—Es necesario que sepas —dijo Du Barry—, que no me ha gustado más el padre que los hijos.
—¡Qué lástima —repuso la condesa— que se haya fugado ese perillán de Gilberto! Nos habrÃa dado noticias, él que los conoce desde tanto tiempo.
—¡Bah! —dijo Juan—, ya le encontraremos, ahora que no tenemos otra cosa en que ocuparnos.
El movimiento de los carruajes interrumpió la conversación.