JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo XL

Hablemos de Gilberto otra vez, ya que conocemos su fuga, por la exclamación imprudente que a Chon se le escapara.

Desde que en los primeros pasos del duelo de Felipe de Taverney con el vizconde Du Barry, supo el nombre de su protectora, se disminuyó considerablemente la admiración que en su principio la profesara.

Frecuentemente en Taverney, cuando oculto en un bosquecillo o detrás de una enramada, seguía con los ojos ardientes a Andrea que paseaba con su padre, había podido oír al barón hablar categóricamente acerca de la condesa Du Barry. El apasionado rencor del viejo Taverney, cuyos viciosos principios conocemos, había hallado cierta simpatía en el corazón de Gilberto, la cual provenía de que Andrea jamás contradijo las murmuraciones de su padre, porque preciso es confesar que el nombre de madame Du Barry era generalmente despreciado en Francia. Y por último, lo que había decidido a Gilberto en favor del barón, es que muchas veces había oído gritar a Nicolasa: «¡Ah, si yo fuera madame Du Barry!».

Chon estuvo durante el viaje demasiado ocupada en cosas del mayor interés para advertir la mudanza de humor que produjera en Gilberto el conocimiento de sus compañeros, y llegó a Versalles sin pensar más que en explotar cuanto pudiese, en favor del vizconde, la estocada de Felipe, ya que no redundase en su mayor honra.


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