JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo XLI

Mucho sintió Gilberto verse precisado a obedecer a un lacayo, pero como se trataba sin duda de un cambio de estado, y como creía que toda variación debía serle ventajosa, se apresuró a seguirle.

Libre de responsabilidad la señorita Chon, después de haber puesto a su cuñada al corriente de su misión cerca de madame de Béarn, almorzaba muy descansadamente junto a una ventana, donde llegaban las acacias y castaños del más próximo quincunce.

Con mucho petito comía, lo cual disculpó Gilberto al ver sobre la mesa un salmorejo de faisán y una galantina de trufas.

Entonces el filósofo descubrió sobre el velador el sitio de su cubierto, aguardando que su protectora le invitase; pero ni siquiera le ofreció un asiento, limitándose a mirarle de vez en cuando, y después de beber un vaso de vino:

—Ea, querido médico —dijo—, ¿a qué altura os encontráis con Zamora?

—¿A qué altura? —repitió Gilberto.

—Sí, porque supongo que ya seréis amigos.

—¡Yo amigo de un animal que no habla, y que cuando le dirigen la palabra, no hace más que poner los ojos en blanco y enseñar los dientes!


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