JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Encontróse nuestro viajero en presencia de un anciano de ojos pardos, nariz retorcida, manos trémulas pero activas, que, hundido en un gran sillón, tenÃa en su derecha un grueso manuscrito de pergamino rotulado Chiave del Gabinetto, y en la izquierda una espumadera de plata.
La actitud y aquella ocupación, aquel rostro surcado de innobles arrugas, cuyos ojos y boca eran los que únicamente parecÃan tener vida, aquel conjunto, en fin, que le será extraño al lector, era de un aspecto familiar al extranjero que no se dignó dirigir ni una mirada a su alrededor, a pesar de que lo merecÃan los muebles y adornos de aquella parte del carruaje.
Tres murallas (no olvidemos que el anciano llamaba asà a las paredes del coche) en las que se veÃan estantes con libros, rodeaban el sillón, asiento ordinario y sin rival de este raro personaje, para cuyo uso se veÃan por cima de los libros numerosas redomas, vasijas, cajas y tablitas embutidas en estuches de madera, de la misma manera que se colocan en los navÃos la loza y los vasos. El anciano, para alcanzar más fácilmente estos objetos, hacÃa rodar su sillón, y llegado este al punto que deseaba lo alzaba o bajaba por medio de un resorte unido al mismo asiento.
