JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo XLII

Temeroso Gilberto de que le siguieran, separóse del camino real, y fue de bosque en bosque parándose después de haber corrido legua y media en tres cuartos de hora.

Miró a su alrededor y se tranquilizó al verse enteramente solo. Procuró entonces aproximarse al camino que, según sus cálculos, debía ser el de París; pero unos caballos que descubrió cerca de la aldea de Roquencourt, conducidos por lacayos con librea de color naranja, le asustaron en tal forma, que curó de la tentación de andar por caminos reales y se escondió de nuevo en los bosques.

—Vamos a descansar a la sombra de estos castaños —dijo para sí—, pues si me buscan en alguna parte, ha de ser en el camino real; y esta noche, de árbol en árbol, de espesura en espesura, fácilmente entraré en París. He oído decir que es grande, yo soy chico: allí me confundiré.

Le pareció tanto mejor esta idea, cuanto que el tiempo estaba hermoso, sombrío el bosque y el suelo mullido. Los rayos de un sol, intermitente ya, que principiaban a ocultarse tras los collados, habían secado la hierba y arrancado de la tierra los blandos perfumes de la primavera, que participan a la vez de la flor y de la planta.


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