JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Pendiente y estrecha era la escalera al extremo del corredor y en el lugar en que tropezara Gilberto con su primer peldaño. Llegaron con dificultad este y su protector a una especie de buhardilla, que con razón había designado Teresa bajo el nombre de granero; pues no era otra cosa en verdad, y estaba dividido en cuatro piezas, abandonadas las tres.
Es verdad que las cuatro, hasta la destinada a Gilberto, eran inhabitables; pues el techo tenía una inclinación tan rápida, que formaba con el pavimento un ángulo agudo, en tanto una ventanilla, abierta al promedio, y guarnecida de un mal bastidor sin vidrios, permitía escasa entrada a la luz, y libre al aire, sobre todo cuando soplaban los aires de invierno.
Por fortuna se acercaba el verano, y aun a pesar de la grata proximidad de la estación calurosa, faltó poco para que al entrar en el desván, se apagase la vela que llevaba Jacobo en la mano.
En efecto, se encontraba en tierra el jergón a que se refería el botánico, y llamaba desde luego la atención como mueble principal del aposento. Papel impreso, esparcido desordenadamente por el suelo, y amarillo ya por los bordes en fuerza de su vejez, se distinguía en medio de una infinidad de libros roídos por los ratones.
