JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo XLVI

Gilberto trabajaba con fervor sembrando el papel de notas concienzudamente estudiadas, cuando el anciano, después de haberle visto trabajar durante algún tiempo, se sentó en la otra mesa y comenzó a corregir hojas impresas, semejantes a las cubiertas de las judías del granero.

Transcurrieron tres horas y entró Teresa precipitadamente.

Jacobo levantó la vista.

—Vamos, pronto, pronto, pasad a la sala. Ahí tenemos a un príncipe que viene a veros. ¡Dios mío! ¡Cuándo se terminará esta procesión de Altezas! Con tal que no se le antoje almorzar con nosotros como hizo el otro día el duque de Chartres.

—¿Quién es ese príncipe? —interrogó el anciano en voz baja.

—El de Conti.

Al oír este nombre Gilberto, trazó sobre el papel un sol, que si Bridoison hubiese nacido en aquella época, le habría llamado borrón mejor que nota.

—¡Un príncipe!, ¡un Alteza! —exclamó en voz baja.

Jacobo salió sonrosado detrás de Teresa.

Al quedarse solo Gilberto, levantóse con la cabeza trastornada.


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