JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo XLVII

En el mismo momento en que Gilberto mascaba en su granero el pan empapado en agua fresca, aspirando al mismo tiempo el aire perfumado de los jardines de las cercanías, una mujer, vestida con una elegancia algo extraña, y cubierta con un largo velo, después de seguir al galope de un brioso caballo árabe el camino de San Dionisio, desierto todavía, pero que debía estar tan concurrido al día inmediato, se apeaba delante del convento de carmelitas de San Dionisio, y llamaba con sus delicados dedos al torno, mientras su caballo, cuya brida llevaba sujeta al brazo, piafaba con violencia, y escarbaba la arena.

No pocos vecinos rodeaban con curiosidad a la desconocida, excitada su atención no sólo por el extravagante traje de la extranjera, sino además por su insistencia en llamar.

—¿Qué deseáis, señora? —preguntó uno de ellos.

—Ya lo estáis viendo —replicó aquella en acento italiano de los más pronunciados—, quiero entrar.

—Entonces traéis mala dirección. Ese torno se abre únicamente una vez al día para los pobres, y ya ha pasado la hora.

—¿Pues de qué medio me valdré para hablar a la superiora? —preguntó la que llamaba.


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