JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo III

Lo que ocurrió durante la conversación del viajero con el sabio fue lo que sigue.

Ya dijimos que al caer el rayo, la señora del cabriolé se había desmayado.

Algunos momentos quedó sin sentido, y como sólo el miedo había causado su desmayo, volvió de él poco a poco.

—¡Ay, Dios mío! —exclamó—, estoy sola y sin auxilio. ¡No habrá quién se compadezca de mí!

—Señora —murmuró una voz tímida—, aquí estoy yo si puedo serviros en algo.

La joven se incorporó al oír estas palabras, y asomándose por las cortinas del cabriolé, vio a un joven que se hallaba de pie sobre el estribo.

—¿Sois vos, caballero, quién me ha dirigido la palabra?

—Yo soy —contestó el joven.

—¿Y me habéis ofrecido socorro?

—Sí.

—¿Qué ha ocurrido?

—Una exhalación que ha descendido casi sobre vos y ha roto los tirantes de los caballos delanteros, uno de los cuales ha huido con el postillón.

La mujer miró entonces a su alrededor, manifestando la mayor inquietud.


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