JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo XLIX

Resonaban lejanas mil confusas voces; pero acercándose cobraron tal fuerza e incremento que llamaron la atención de Gilberto estremecido con violenta sensación.

Vociferaba el pueblo: «¡Viva el rey…!», pues aún no había perdido la costumbre de recibir con esta aclamación a su soberano.

Soberbios caballos en tropel, enjaezados con oro y púrpura, se lanzaron relinchando por la carretera: eran los escuadrones de mosqueteros, gendarmes y suizos que llegaban precediendo una brillante y magnífica carroza en la que distinguió Gilberto una banda azul, y una cabeza cubierta y majestuosa. Vio también brillar fría y penetrante la mirada regia, ante la cual todas las frentes se inclinaban y se descubrían humildemente.

Inmóvil, atónito y jadeante olvidó quitarse el sombrero.

Un violento golpe le sacó de su éxtasis: su sombrero había caído rodando al suelo.

Para recogerlo dio un salto, alzó la cabeza y se encontró con el sobrino de la madre a quien diera el brazo, que le miraba con esa sonrisa burlona, especial de los militares.

—¿Cómo es eso? —preguntó el sargento—, ¿no se saluda al rey?


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