JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo L

Este estrépito de carruajes, repique de campanas y redobles de tambores; toda esta majestad, reflejo de las majestades del mundo, ya perdido para madame Luisa, se deslizó por su alma y extinguióse como una débil ola junto a los muros de su celda.

Después de la partida del rey y de haber intentado volver a su hija al mundo; luego que María Antonieta, que a primera vista apreció toda la grandeza de alma de su augusta tía, desapareció con su multitud de cortesanos, la superiora mandó quitar las colgaduras, guardar las flores, y desprender los encajes.

La comunidad estaba aún impresionada, y ella sola permaneció tranquilamente, cuando las puertas del convento, abiertas un momento al mundo, giraron pesadamente, cerrándose con estruendo, entre el siglo y la soledad.

Luego llamó a la tesorera y dijo:

—¿En estos días de desarreglo han recibido los pobres sus limosnas?

—Sí, señora.

—¿A los soldados se les habrá dado antes de partir algún refrigerio?

—Todos recibieron el pan y el vino que habíais mandado preparar.

—¿De modo que nadie sufre en esta casa?

—Señora, nadie.


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