JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Este estrépito de carruajes, repique de campanas y redobles de tambores; toda esta majestad, reflejo de las majestades del mundo, ya perdido para madame Luisa, se deslizó por su alma y extinguióse como una débil ola junto a los muros de su celda.
Después de la partida del rey y de haber intentado volver a su hija al mundo; luego que MarÃa Antonieta, que a primera vista apreció toda la grandeza de alma de su augusta tÃa, desapareció con su multitud de cortesanos, la superiora mandó quitar las colgaduras, guardar las flores, y desprender los encajes.
La comunidad estaba aún impresionada, y ella sola permaneció tranquilamente, cuando las puertas del convento, abiertas un momento al mundo, giraron pesadamente, cerrándose con estruendo, entre el siglo y la soledad.
Luego llamó a la tesorera y dijo:
—¿En estos dÃas de desarreglo han recibido los pobres sus limosnas?
—SÃ, señora.
—¿A los soldados se les habrá dado antes de partir algún refrigerio?
—Todos recibieron el pan y el vino que habÃais mandado preparar.
—¿De modo que nadie sufre en esta casa?
—Señora, nadie.
