JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Como se retiró tarde se acostó al momento y enseguida quedó profundamente dormido Gilberto: olvidó poner sobre el ventanillo de su bohardilla el trapo de lienzo, por cuyo medio interceptaba la luz del sol naciente.
Como el sol hería sus ojos, despertó a las cinco de la mañana y se levantó enseguida temeroso de haber dormido demasiado.
Corrió, pues, a consultar su reloj, que era el sol.
Lo opaco de la luz que apenas permitía distinguir las copas de los más elevados árboles le tranquilizó, pues conoció que lejos de haberse levantado tarde, había madrugado demasiado. Comenzó entonces a vestirse junto al ventanillo, meditando en los acontecimientos de la víspera y exponiendo con cierto placer su frente abrasada al fresco ambiente de la brisa matutina, cuando recordó que Andrea vivía en una calle inmediata situada cerca de Armenonville, y procuró ver desde su ventana la casa donde se hospedaba. El follaje que dominaba con la vista le trajo a la memoria las palabras de la víspera.
—¿Hay árboles? —había preguntado Andrea a Felipe.
Gilberto decía para sí:
—¡Oh! ¿Quién sabe si habrá quizás escogido el pabellón inhabitado del jardín?
