JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Situada en el primer piso otra ventana, y precisamente debajo de la primera, acababa de abrirse apareciendo en ella una forma blanca. Era Andrea, que recién despertada, con peinador de mañana, buscaba una chinela que deslizándose de su pie, había desaparecido debajo de una silla.
Aunque siempre que Gilberto veía a Andrea se proponía atrincherarse detrás de su odio, en vez de entregarse a su amor, como la misma causa producía siempre los mismos efectos, tuvo que apoyarse contra la pared, latiéndole tan fuertemente el corazón, como si fuera a escaparse de su pecho. Poco a poco fue calmándose aquella agitación, principió a meditar, y, como deseaba ver sin ser visto, tomó uno de los vestidos de Teresa, lo fijó con un alfiler en una cuerda que atravesaba el ventanillo en toda su extensión, y oculto tras esta cortina, pudo ver a Andrea sin temor de ser visto.
Imitando a la doncella, la joven estiró sus hermosos brazos, los cuales, al extenderse, dejaron entreabrir el peinador, y se inclinó sobre la barandilla de la ventana, para examinar más a su gusto los jardines contiguos.
Entonces expresó su fisonomía la más completa satisfacción, y la que tan rara vez se sonreía en presencia de los hombres, se sonrió inocentemente a la vista del maravilloso espectáculo de la Naturaleza.