JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Prorrumpió Gilberto en un suspiro reprimido: apenas si reconocía aquellos hermosos cabellos de Andrea que la moda y la etiqueta habían empolvado; pero lo que sí reconocía perfectamente, era a Andrea, medio desnuda, cien veces más bella en el traje de mañana que vestía, que con los más lujosos atavíos. Secáronse sus labios, ardieron sus dedos, y su vista se debilitó a fuerza de tenerla fija en un mismo objeto.
Hizo la casualidad que mientras la peinaban, levantase Andrea la cabeza, y se fijasen sus ojos en la bohardilla de Gilberto.
—Sí, sí, mira, mira —exclamó Gilberto—; por más que mires no verás nada, y yo lo veo todo.
Se engañaba Gilberto, pues Andrea veía una cosa, y esta cosa era el vestido flotante envuelto alrededor de la cabeza del joven a guisa de turbante.
Con el dedo indicó aquel extraño objeto a Nicolasa, quien interrumpió la obra complicada que había empezado, y, señalando con el peine el ventanillo, parecía que preguntaba a su ama si era aquel objeto el que designaba.
Esta telegrafía que seguía Gilberto ávidamente, causándole un placer indecible, tenía, sin que él lo sospechase, un tercer espectador.
De pronto sintió una mano que arrancaba con violencia de su frente el traje de Teresa, y cayó como herido de un rayo al ver a su lado a Rousseau.