JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo LVI

Retrocedió el conde vivamente: los brazos de Lorenza no cogieron más que el aire, y tornaron a caer cruzados sobre su pecho.

—Lorenza —dijo Balsamo—, ¿deseas hablar con tu amigo?

—¡Ay!, sí —replicó la joven—; pero háblame tú frecuentemente: ¡me agrada tanto tu voz!

—Lorenza, me has dicho muchas veces que serías muy feliz si pudieras vivir conmigo, apartada de todo el mundo.

—¡Oh!, ¡sería mi suprema felicidad!

—Pues bien: cumplo tus deseos; en esta estancia nadie puede perseguirnos, nadie puede molestarnos; estamos solos, completamente solos.

—¡Ah!, ¡cuánto me alegro!

—Dime si te gusta esta habitación.

—Oblígame a que vea.

—¡Ve!

—¡Oh!, ¡qué hermosa es! —exclamó.

—¿Conque te agrada? —preguntó el conde con dulzura.

—Sí, sí, veo mis flores favoritas, mis heliotropos de vainilla, mis rosas purpurinas, mis jazmines de China. Gracias, querido José mío: ¡qué bueno eres!

—Hago lo que me es posible para complacerte, Lorenza.


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