JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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—¡Oh! Balsamo, no huyas de mí, te lo ruego; dame tu mano para que la estreche entre las mías; dame a besar tus ojos; ¿no soy tuya?

—Sí, sí, mi Lorenza querida, eres mía, eres mi mujer muy amada.

—Y consientes que viva así a tu lado, inútil, abandonada: ¡tienes una flor casta y solitaria, que te invita con su fragancia, y la rechazas! ¡Ah!, nada soy para ti.

—No, en verdad, lo eres todo, Lorenza mía, puesto que sin ti nada podría, tú eres la que me das las fuerzas, el poder, el genio. Deja, pues, de amarme con esa fiebre insensata que perturba la tranquilidad de las mujeres de tu país. Ãmame como yo te amo.

—¡Oh!, no es amor, no es amor lo que sientes por mí.

—Pero es a lo menos todo cuanto de ti exijo, porque tú me das cuanto yo deseo, y con esa posesión del alma tengo bastante para ser feliz.

—¡Feliz! —exclamó Lorenza con aire desdeñoso—. ¿Llamas a eso ser feliz?

—Sí, porque para mí, ser feliz, es ser grande.

Un suspiro amargo salió del pecho de la joven.

—¡Oh! ¡Lorenza mía!, ¡si supieras lo que vale leer en el corazón de los hombres para vencerlos con sus propias pasiones!

—Sí, ya sé que sólo te sirvo para eso.


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