JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo LX

Al quedarse solo, Balsamo acercóse a escuchar a la puerta de Lorenza que dormía con un sueño igual y tranquilo.

Entreabrió un postiguillo, y la contempló durante algunos momentos con dulce y tierna meditación. Cerrando después el postigo, y cruzando la estancia que hemos descrito, y que separaba la habitación de la joven del gabinete de física, apresuróse a apagar los hornillos abriendo un inmenso conducto, que dio salida al calor por la chimenea, y entrada a un caño de agua de un depósito que había en la azotea.

Enseguida guardó cuidadosamente en una cartera de tafilete negro el recibo del cardenal, diciendo:

—Buena es la palabra de los Rohán, pero para mí únicamente, y me conviene que allá se conozca el empleo que da al oro de los hermanos.

Cuando terminó estas palabras, le hicieron levantar la cabeza tres fuertes golpes dados en el techo.

—¡Hola!, ¡hola! Althotas me llama.

Pero como se entretuvo en ventilar el laboratorio y arreglar simétricamente todos los objetos que contenía, se repitieron los golpes.

—¡Ah!, se impacienta, buena señal.


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