La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Cuando el obrero que llegaba por el lado de París no estuvo más que a una veintena de pasos del personaje que esperaba en la puerta, este entró y sirvióse el primer vino de la botella en uno de los dos vasos colocados sobre la mesa; hecho esto, volvió a la puerta con el vaso en la mano y levantado.
—¡Hola compañero! —dijo—; hace frío y el camino es largo. ¿No tomaremos un vaso de vino para reanimarnos?
El obrero que llegaba de París miró en torno suyo, como para ver si era a él a quien se dirigía la invitación.
—¿Es a mí a quien habláis? —preguntó.
—¿Pues a quién, si os place, puesto que estáis solo?
—¿Y me ofrecéis un vaso de vino?
—¿Por qué no?
—¡Ah!
—¿No somos, acaso, del mismo oficio, o poco menos?
El obrero miró por segunda vez al desconocido.
—Todo el mundo —replicó—, puede ser del mismo oficio; lo importante es saber si en este es uno compañero o amo.
—Pues bien, esto es lo que veremos bebiendo el vino y conversando.