La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Algunos meses después de los acontecimientos que acachamos de referir, hacia fines de marzo de 1791, un coche, corriendo rápidamente por el camino de Argenteuil a Besons, hacía un rodeo a medio cuarto de legua de la ciudad y avanzaba hacia el castillo del Marais, cuya verja estaba abierta, deteniéndose luego cerca del primer escalón del pórtico.
El reloj colocado en el frontis del edificio señalaba las ocho de la mañana.
Un criado viejo, que parecía esperar con impaciencia la llegada del coche, se precipitó hacia la portezuela para abrirla, y un hombre con un traje completamente negro se lanzó a la escalinata.
—¡Ah!, señor Gilberto —exclamó el criado—, al fin llegáis.
—Pues ¿qué ocurre, mi buen Teisch?
—¡Ah! Ahora lo veréis, caballero —contestó el criado.
Y precediendo al doctor le hizo atravesar la sala de billar, cuyas lámparas, encendidas sin duda a una hora muy avanzada de la noche, ardían aún, mientras que en el comedor, la mesa cubierta de flores, de botellas destapadas, de frutas y de pasteles, indicaba una cena que se había prolongado más allá de las horas acostumbradas.
