La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Entonces fue cuando se pudo juzgar de la inmensa importancia que puede alcanzar un hombre en medio de una nación. Todo ParÃs se conmovió como en los dÃas en que una calamidad general amenaza a la vez a los individuos y a la población. Todo el dÃa, como habÃa sucedido ya la vÃspera, la calle quedó obstruida y guardada por hombres del pueblo, a fin de que el ruido de los coches no llegase hasta el paciente; de hora en hora, los grupos reunidos bajo las ventanas pedÃan noticias, entregábanse los partes y al momento circulaban desde la calle de la Chaussée-d’Antin hasta las extremidades de ParÃs. La puerta estaba sitiada por una multitud de ciudadanos de todas las clases y de todas las opiniones, como si cada partido, por opuesto que fuese a los otros, tuviese algo que perder por la muerte de Mirabeau. Entretanto, los parientes, los amigos y conocidos particulares del gran orador llenaban los patios, los vestÃbulos y la habitación de abajo, sin que el mismo, paciente tuviera la menor idea de ello.
Por lo demás, pocas palabras se habÃan cruzado entre Mirabeau y el doctor Gilberto.
—¿Decididamente queréis morir? —habÃa preguntado el segundo.
—¿De qué me sirve la vida? —replicó el conde.