La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Después, sin hablar del Rey ni de la Reina, lanzábase, con una elocuencia admirable, en la polÃtica general, y particularmente en la que hubiera observado respecto a Inglaterra si hubiese sido ministro.
Le habrÃa agradado sobre todo luchar contra Pitt cuerpo a cuerpo.
—¡Oh!, ese Pitt —exclamó una vez—, es el ministro de los preparativos; gobierna más bien con lo que amenaza que con lo que hace; y si yo hubiese vencido, le habrÃa ocasionado disgusto.
De vez en cuando llegaba un clamor hasta las ventanas: era el triste grito de «¡Viva Mirabeau!», proferido por el pueblo, grito que parecÃa una súplica, o más bien una queja que una esperanza.
Entonces Mirabeau escuchaba y hacÃa abrir la ventana para que aquel ruido remunerador de tantos sufrimientos llegase hasta él. Durante algunos segundos permanecÃa con las manos extendidas y el oÃdo atento, como para concentrar en sà todo aquel rumor.
Después murmuraba:
—¡Oh! ¡Buen pueblo, calumniado e injuriado como yo; justo es que ellos sean los que me olvidan y tú quién me recompensas!
Llegó la noche. Gilberto no quiso separarse del enfermo; mandó acercar la otomana al lecho y allà se echó.