La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Vamos allá —dijo el obrero dirigiéndose hacia la puerta de la taberna.
El desconocido le señaló la mesa y el vino que estaba sobre ella.
El obrero, cogiendo el vaso, miró el vino, como si tuviese alguna desconfianza, la cual se desvaneció cuando el desconocido, después de servirse por segunda vez, apuró su vaso de nuevo.
—Y bien —preguntó—, ¿tenéis acaso demasiado orgullo de brindar con el que os invita?
—A fe mía que no; todo lo contrario. ¡Brindo por la nación!
Los ojos grises del obrero se fijaron un instante en el que acababa de pronunciar este brindis, y después respondió:
—¡Pardiez!, sí, bien dicho. ¡,Por la nación!
Y apuró el contenido de su vaso de un solo trago, enjugándose después los labios con la manga.
—¡Hola! —exclamó—, esto es Borgoña.
—¡Y del bueno! Me han recomendado la marca; al pasar por aquí entré y no me arrepiento de ello; pero sentaos, buen amigo, pues aún queda algo en la botella, y cuando esta se apure, mandaré subir otra de la bodega.
—¿Y qué nacéis aquí? —preguntó el obrero.
—Ya lo veis; vengo de Versalles y espero el cortejo para acompañarle a París.