La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Ah! —exclamó la Reina—, apuesto a que habéis recibido esta buena noticia del señor Gouvion.
—Y ¿por qué de mÃ, señora? —preguntó el oficial ruborizándose.
—Porque creo que tenéis inteligencias en el palacio. Ved ahà al señor Romeuf, que no las tiene; segura estoy de que responderÃa de nosotros.
—Y no serÃa en mà gran mérito, señora —contestó el joven ayudante de campo—, puesto que el Rey ha dado a la Asamblea su palabra de no salir de ParÃs.
Esta vez fue la Reina quien se ruborizó.
Después se habló de otra cosa.
A las once y media el señor de Lafayette y sus dos ayudantes de campo se despidieron del Rey y de la Reina.
Sin embargo, el señor de Gouvion, mal seguro aún, volvió a su habitación del palacio, donde sus amigos estaban de centinela, y en vez de relevarlos, les recomendó que redoblasen la vigilancia.
En cuanto al señor de Lafayette, iba a la Casa Consistorial para tranquilizar a Bailly sobre las intenciones del Rey, suponiendo que aquel pudiera temer algo.
Una vez fuera el señor de Lafayette, el Rey, la Reina y madame Isabel llamaron a la servidumbre para que prestasen los servicios de tocador que eran de costumbre, y después de esto, a la hora habitual, despidieron a todo el mundo.