La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Durante largo tiempo se creyó que era inútil, y en esta pesquisa se perdió más de un cuarto de hora.
Por fin se encontró una escalerilla que conducía a una habitación aislada en el entresuelo; era la del criado del señor de Villequier, y tenía salida a un corredor y una escalera de servicio. Pero la puerta estaba cerrada.
El Rey probó en la cerradura todas las llaves que tenía en su mano, pero ninguna sirvió.
El vizconde de Charny trató de empujar el pasador con la hoja de su cuchillo de caza; pero se resistió.
Se tenía una salida, y sin embargo, los fugitivos estaban prisioneros como antes.
El Rey tomó la bujía de manos de madame Isabel, y dejando a todos a oscuras volvió a su alcoba; por la escalera secreta pudo llegar a la fragua, donde tomó varios ganchos de formas diferentes, algunos muy extraños.
Antes de reunirse con el grupo que le esperaba ansioso, había hecho ya su elección.
El gancho elegido por el Rey penetró en el agujero de la cerradura, rechinó al girar, mordió el pestillo y le dejó escapar dos veces; pero a la tercera se agarró tan bien que a los dos o tres segundos hubo de ceder.
La puerta se abrió, y con esto respiraron todos al fin.