La Condesa de Charny

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Y dijo en voz baja el guardia de corps:

—Caballero, tomad ese coche de plaza e id a la puerta de San Martín, donde os costará poco reconocer el carruaje que nos espera.

El señor de Malden saltó al coche.

—¡Y tú también has cargado! —exclamó—. ¡A la ópera pronto!

Este teatro se hallaba entonces en la puerta de San Martín.

El cochero creyó que aquel sería un dependiente que iba a reunirse con su amo en el teatro, y partió sin más observación que algunas palabras sobre el precio de la carrera.

—Ya sabéis que es medianoche —dijo.

—Está bien; no tengas cuidado.

Como en aquella época los dependientes eran a veces más generosos que los amos, el cochero partió al trote largo sin más observación.

Apenas había doblado la esquina de la calle Rohan, cuando por el mismo postigo que había dado paso a madame Royale, a su tía Isabel, a la señora de Tourzel y al Delfín, se vio avanzar con paso regular y como hombre que sale de su oficina después de un día laborioso, a un individuo vestido con traje gris, con un pico del sombrero ocultando la frente y las roanos en los bolsillos.

Era el Rey.


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