La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Se recordará que dejamos al duque de Choiseul corriendo la posta con Leonardo, el cual se desesperaba cada vez más por haber dejado abierta la puerta de su habitación, llevándose el sombrero y la levita de su hermano, y haber faltado a la promesa que hizo a madame de Aage de ir a peinarla.
Pero lo que le consolaba era que el duque le habÃa dicho terminantemente que tan sólo se alejarÃa dos o tres leguas, y que, cuando quedase libre, le darÃa una comisión especial en nombre de la Reina.
Asà es que al llegar a Bondy, y viendo que el coche paraba, respiró con más libertad y tomó las medidas necesarias para apearse; pero el duque le contuvo, diciendo:
—TodavÃa no hemos llegado.
Los caballos estaban ya dispuestos, y pocos segundos después el carruaje partió como un rayo.
—Pero, señor duque —exclamó Leonardo—, ¿adónde vamos?
—Con tal que mañana por la mañana estéis de vuelta, ¿qué os importa?
—El hecho es —contestó Leonardo—, que con tal que yo me halle a las diez en las TullerÃas para peinar a la Reina…
—Basta eso, ¿no es verdad?
