La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Y ¿qué hombre ha osado firmar ese decreto?

—¡Un noble, señora! —respondió el Rey—. ¡El señor de Beauharnais!

¿No es una cosa extraña, y que prueba el encadenamiento del pasado con el porvenir, que ese decreto, que detenía en su fuga a Luis XVI, la Reina y la familia real, contuviese un nombre hasta entonces oscuro, y que iba a unirse de una manera brillante y ruidosa a la historia de los primeros años del siglo XIX?

La Reina cogió el decreto y lo leyó; sus cejas estaban contraídas y sus labios también.

El Rey tomó de sus manos para volverlo a leer; y después de concluir está segunda lectura, lo arrojó sobre la cama donde, insensibles a la discusión en que se decidía de su suerte, dormían el delfín y madame Royale.

Al ver esto la Reina, incapaz de contenerse por más tiempo, se lanzó rápida, rugiente, cogió el papel, que arrugó entre sus manos, y arrojándolo lejos de sí, exclamó:

—¡Oh! ¡Tened cuidado, caballero! ¡No quiero que ese papel mancille a mis hijos!

Un clamor inmenso se alzó en la plaza contigua, y los guardias nacionales hicieron un movimiento para penetrar en la que ocupaban los ilustres fugitivos.

El ayudante de campo del general Lafayette dejó escapar un grito de terror.


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