La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Durante el camino la reina había hecho algunas exclamaciones viendo al paso magníficos jardines llenos de flores; su habitación estaba llena de las más hermosas que producía el verano; las ventanas que estaban abiertas daban salida a la acritud de los perfumes; cortinas de muselina cerraban estas ventanas, impidiendo de este modo que las miradas indiscretas persiguiesen en su habitación a la augusta prisionera.

Todo esto era debido a Barnave.

La reina suspiró; ¡pobre reina! Seis años antes, Charny estaba encargado de todos esos miramientos.

Por lo demás, Barnave tuvo la delicadeza de no presentarse para reclamar las gracias.

¡Lo mismo hubiera hecho Charny!

¿Cómo es que un simple abogado de provincia tenía la misma delicadeza e iguales atenciones que el hombre más elegante y distinguido de la corte?

Cosa era esta que debía hacer reflexionar a una mujer, aunque fuese reina. Así es que pasó una parte de la noche soñando en este extraño misterio.

Durante este tiempo, ¿qué hacía Charny?

Ya le hemos visto alejarse a una señal de la reina, y desde aquel momento no se le volvió a ver.

Charny a quien su deber encadenaba a los pasos de Luis XVI y de María Antonieta, se creía feliz pensando que una orden de la reina le permitiese algunos momentos de soledad y reflexión.


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