La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —SÃ, y por eso voy a continuar, y a deciros lo que el retrato de madame Enriqueta me expondrÃa, a fin de que me corrijáis si me engaño. «¡En fin, los escoceses venden y entregan a su rey, y este fue detenido en el momento en que pensaba marcharse a Francia. Un sastre fue a cogerle; un carnicero le condujo a la prisión; un vendedor de cerveza el tribunal de justicia, y para que nada faltase en aquel odioso juicio y la revisión del inicuo proceso que se formó, siendo el soberano único juez que debe recibirlos todos, un verdugo enmascarado cortó la cabeza de la vÃctima!». He aquà lo que el retrato de madame Isabel me hubiera dicho. ¿No es verdad? ¡Oh! Dios mÃo, sé todo eso tan bien como cualquiera, y lo sé tanto mejor cuanto que nada falta para la semejanza. Tenemos nuestros traficante en cerveza de los arrabales; pero en vez de llamarse Cromwell se llama Santerre; tenemos nuestro carnicero, más en vez de llamarse Harrison se llama… creo que Legendre; y tenemos nuestro carretero, más en vez de llamarse Pridge se llama… ¡oh!, en cuanto a este no sé nada; el hombre es tan poca cosa, que lo ignoro completamente, y vos también, segura estoy de ello; pero preguntádselo y os lo dirá: es el que conduce nuestra escolta, un campesino, un villano… ¿qué se yo? Pues bien, he aquà lo que madame Enriqueta me dirÃa.
—Y ¿qué contestarÃais vos?