La Condesa de Charny

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«—Señores, sería una desgracia que nos trayesen otra vez ese hombre pérfido. ¿Qué haríamos con él? Vendría, como Tersites, a derramarnos esas gruesas lágrimas de que habla Homero. Si nos lo traen, propongo que se le exponga tres días a la irrisión pública, con el pañuelo encarnado en la cabeza, y que se le conduzca después por etapas a la frontera».

Confesemos que de todas las proposiciones, la del muchacho terrible que llaman Camilo Desmoulins no era la más desacertada.

Una palabra más, que expresará bien claro el sentimiento general: Dumont es quien la dice, un genovés pensionado por Inglaterra, y de quien, por lo tanto, no se puede sospechar parcialidad respecto a Francia.

«El pueblo parecía inspirado de una sabiduría suprema. He aquí un gran estorbo fuera —decía alegremente—, pero si el rey nos ha abandonado, la nación queda, y esta puede subsistir sin monarca; pero no un rey sin nación». Se ve que en medio de todo esto no se ha pronunciado aún la palabra república más que por Bonneville: ni Brissot, ni Danton, ni Robespierre, ni siquiera Pétion, se atrevían a recoger la palabra que espanta a los Franciscanos e indigna a los Jacobinos.

El 13 de julio, Robespierre había exclamado en la tribuna: «Yo no soy republicano ni monárquico».


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