La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Los corazones de ambos latían con igual violencia, pero bajo el impulso de dos sentimientos muy contrarios: el de la reina latía con la esperanza de vengarse; el de Barnave por el deseo de ser amado.
La reina entró vivamente en la segunda habitación buscando la luz, por decirlo así. Nada temía ciertamente de Barnave ni de su amor, pues sabía hasta qué punto era este respetuoso y leal; mas por el instinto de mujer huía de la oscuridad.
Llegada a la segunda habitación, se dejó caer en una silla.
Barnave se detuvo en el umbral de la puerta y paseó una mirada por toda la circunferencia de la habitación, iluminada tan sólo por dos bujías.
Esperaba encontrar al rey, que había asistido a las dos precedentes entrevistas con María Antonieta.
La habitación estaba solitaria.
Por primera vez, desde su paseo en la galería, del obispo de Meaux, iba a encontrarse solo con la reina.
Y aplicó la mano maquinalmente sobre su corazón para comprimir los latidos.
—¡Oh!, señor Barnave —dijo la reina después de una pausa—, os espero dos horas hace.
