La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La puerta que había empujado, para ver si por uno de esos milagros con que la casualidad favorece en ciertas ocasiones a las personas apuradas, estaba abierta.
Después costeó la pared, que tenía diez pies de elevación.
Conocía bien aquella altura; pero buscó para ver si había por allí alguna carreta olvidada que le permitiera llegar a la parte superior de la pared.
Una vez conseguido esto, ágil y vigoroso como era, fácilmente habría saltado al interior.
No había ninguna carreta apoyada en la pared, y, de consiguiente, ningún medio para entrar.
Se acercó a la puerta, alargó la mano hacia el aldabón, y levantóle; pero moviendo la cabeza, le dejó caer suavemente sin producir ningún ruido.
Sin duda una idea nueva, infundiendo una esperanza casi perdida, acababa de iluminar su pensamiento.
—¡En rigor —murmuró—, es posible!
Y remontó hacia la calle Plâtrière, en la cual penetró al punto.
Al pasar dirigió una mirada y exhaló un suspiro al encontrar la fuente donde dieciséis años antes había ido más de una vez a mojar el pan negro y duro que debía a la generosidad de Teresa y al hospitalario Rousseau.