La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Pues bien, he aquí precisamente el punto en que no se entenderán nunca; los que llegan, señora, y de ello tendréis desgraciadamente la prueba, no tendrán ni siquiera las hipócritas consideraciones de los que se van… Para ellos, según me ha dicho uno de los diputados de la Gironda, cofrade mío llamado Vergniaud, para ellos el rey es el enemigo.

—¿Enemigo? —exclamó la reina con asombro.

—¡Sí, señora —repitió Barnave—, el enemigo!, es decir, el centro voluntario o involuntario de todos los enemigos interiores y exteriores. ¡Ay!, sí, preciso es confesar que no incurren del todo en error esos recién llegados, los cuales creen haber descubierto una verdad, y que no tienen más mérito que el de manifestar en voz alta lo que vuestros más ardientes adversarios no osaban decir por lo bajo…

—¡Enemigo —repitió la reina—, el rey enemigo de su pueblo! ¡Oh!, señor Barnave, he aquí una cosa en la que, no solamente no me haríais convenir nunca, sino que tampoco me sería dado comprender.

—Sin embargo, es la verdad, señora; enemigo por naturaleza y por temperamento. Tres días hace que aceptó la Constitución, ¿no es verdad?

—Sí. ¿Qué más?

—Pues bien; al volver aquí el rey se sintió casi enfermo por efecto de la cólera, y por la noche escribió al emperador.


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