La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Pero ¿cómo queréis que suframos semejantes humillaciones?

—¡Ah!, ¡bien lo veis, señora; enemigo, fatalmente enemigo!… ¡Enemigo voluntario, pues educado por el señor de la Vauguyon, general del partido jesuítico, el rey tiene su corazón en manos de los sacerdotes, que son los enemigos de la nación! Enemigo involuntario, porque es el jefe obligado de la contrarrevolución, y aun suponiendo que no salga de París, está en Coblenza con los emigrados, en la Vendée con los sacerdotes y en Viena y Prusia con sus aliados Leopoldo y Federico. ¡El rey no hace nada…, admito que sea así, señora —añadió tristemente Barnave—, pero a falta de su persona se explota su nombre; en la cabaña, en el púlpito y en el castillo es el pobre rey, el buen rey, el santo rey; de modo que al reinado de la Revolución se opone una sublevación terrible, la de la piedad!

—Pero señor Barnave, ¿sois vos quién me dice tales cosas? ¿No fuisteis el primero en compadecernos?

—¡Oh!, señora, sí, os he compadecido y os compadezco aún y muy sinceramente; pero entre yo y aquellos de quienes os hablo, hay la diferencia de que ellos se compadecen para perderos, mientras que yo me compadezco para salvaros.


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