La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Pero, en fin, caballero, ¿hay alguna cosa convenida de antemano o algún plan resuelto entre los que llegan, y que, a juzgar por lo que decÃs, vienen para hacernos una guerra de exterminio?
—No, señora, y aún no he sorprendido más que vagas apreciaciones: la supresión del tÃtulo de Majestad en la primera sesión de apertura; y en vez del trono, un simple sillón a la izquierda del presidente.
—¿Veis en eso algo más ofensivo que en lo del señor Thouret, sentándose porque el rey estaba sentado?
—Por lo menos es un paso adelante en vez de retroceder… Y además hay otra cosa temible, señora, y es que los señores de Lafayette y Bailly van a ser substituidos.
—¡Oh!; en cuanto a esos —contestó la reina con viveza—, no lo siento.
—Y hacéis mal, señora, porque los señores de Bailly y de Lafayette son amigos vuestros.
La reina sonrió con amargura.
—¡SÃ, vuestros amigos, señora, vuestros últimos amigos tal vez! Por lo tanto, tened consideración con ellos, y si han salvado alguna popularidad, aprovechaos de ella, pero apresuraos, porque no tardará en desvanecerse, como ha sucedido con la mÃa.