La Condesa de Charny
La Condesa de Charny El primer sentimiento de Andrea al ver a Gilberto fue, no solamente de terror profundo, sino también de repugnancia invencible.
Para ella, el Gilberto americano, el Gilberto de Washington y de La Fayette, aristocratizado por la ciencia, por el estudio y por el genio, era siempre aquel miserable de Gilberto, gnomo terroso perdido en las espesuras de Trianón.
De parte de Gilberto, por el contrario, había siempre para Andrea, a pesar de sus desprecios, de sus injurias y de sus persecuciones, no ya ese amor ardiente que le indujo a cometer un crimen cuando joven, sino ese interés tierno y profundo que hubiera impelido al hombre a prestarle un servicio, aun con peligro de su vida.
Y era que, por el sentido íntimo de que la naturaleza había dotado a Gilberto, por el principio de justicia inmutable que había adquirido de la educación, juzgándose a sí propio, comprendió que todas las desgracias de Andrea provenían de él, y que no podría compensarlas sino cuando hubiese proporcionado a la Condesa una suma de felicidad igual a la del infortunio que había causado.
Ahora bien, ¿cómo y de qué modo podría Gilberto influir benéficamente en el porvenir de Andrea?
Esto es lo que le era imposible comprender.
