La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La reina, medio burlándose y medio incomodada, viendo que no podÃa sacar partido de aquel hombre, se marchó.
Madame Isabel se disponÃa a seguirla, pero Gilberto, con tono casi de súplica, la dijo:
—Señora, no dudo que amáis a vuestro hermano, ¿no es cierto?
—¡Oh!, no sólo le amo, sino que le adoro —contestó la princesa.
—¿Queréis transmitirle un buen consejo, un consejo de amigo?
—¡Oh!, hablad; si el consejo es realmente bueno…
—A mi modo de ver, excelente.
—En ese caso, hablad.
—Señora, decidle que cuando caiga su ministro feuillant[47], lo cual no tardará mucho en suceder, tome un ministro que lleve en la cabeza el gorro colorado que tanto asusta a la reina.
Y saludando profundamente a madame Isabel, se retiró.