La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Pero ¿no sabéis con qué objeto se piden esos veinte mil hombres?
—Si Vuestra Majestad me permite hablar libremente cinco minutos, espero probar, no solamente que sé lo que se desea, sino también que adivino lo que sucederá.
—Hablad, caballero —dijo el rey—, ya escucho.
En efecto, con el codo apoyado en el brazo de su sillón y la cabeza en la mano, Luis XVI escuchó.
—Señor —dijo Dumouriez—, los que han solicitado ese decreto son tan enemigos de la patria como enemigos del rey.
—¡Bien lo veis —interrumpió Luis XVI—, vos mismo lo confesáis!
—Aún diré más, su realización puede producir grandes desgracias.
—¿Entonces?
—Permitid, señor…
—¡SÃ, seguid, seguid!
—El ministro de la guerra es muy culpable por haber solicitado una reunión de veinte mil hombres cerca de ParÃs, mientras que nuestros ejércitos están débiles, nuestras fronteras sin guarniciones y nuestras cajas vacÃas.
—¡Oh! —exclamó el rey—, ya lo creo que es culpable.