La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Sí, señor —contestó Dumouriez—, a menos que Vuestra Majestad se deje vencer por nuestra fidelidad y adhesión.

—Pues bien —dijo el rey con expresión sombría—, puesto que habéis tomado vuestra resolución, acepto vuestras dimisiones y proveeré.

Todos cuatro saludaron; Mourgues llevaba ya su dimisión escrita y se la entregó al rey.

Los otros tres la dieron verbalmente.

Los cortesanos esperaban en la antecámara; vieron salir a los cuatro ministros y comprendieron por su aire que todo había concluido.

Los unos se regocijaron; los otros temieron.

La atmósfera se hacía más pesada, como en los días cálidos de verano, y adivinábase que se acercaba la tempestad.

En la puerta de las Tullerías, Dumouriez encontró al comandante de la guardia nacional, señor de Romainvilliers.

Acababa de llegar apresuradamente.

—Señor ministro —dijo— acudo a recibir vuestras órdenes.

—Ya no soy ministro —contestó Dumouriez.

—Pero hay grupos en los arrabales.

—Id a tomar las órdenes del rey.

—¡La cosa urge!


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