La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Un hombre se había paseado todo el día en el arrabal de San Antonio, vistiendo el uniforme de general, montado en un gran caballo flamenco, estrechando manos a derecha e izquierda, abrazando a las jóvenes y convidando a beber a los mozos.
Era uno de los seis herederos del señor de Lafayette, era el jefe de batallón Santerre.
Cerca de él, como un ayudante de campo junto a su general, cabalgaba en un vigoroso caballo un hombre, que por su traje parecía ser un patriota campesino.
Una profunda cicatriz cruzaba su frente, y su aire taciturno y amenazador aspecto contrastaban con la franca sonrisa y alegre fisonomía del comandante.
—Estad preparados, mis buenos amigos, y velad por la nación; los traidores conspiran contra ella; pero aquí estamos nosotros —decía Santerre.
—¿Qué hay que hacer, señor Santerre? —preguntaban los del arrabal—; ya sabéis que estamos a vuestras órdenes. ¿Dónde se hallan los traidores? Llevadnos allá.
—Esperad que llegue el momento —contestaba Santerre.
—Pero ¿llegará?
Santerre no lo sabía; pero a todo evento contestaba:
