La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Y sacando de su bolsillo un papel, lo desdobló y leyó la amenazadora petición leída antes en la Asamblea.
El rey escuchó con los ojos fijos en Legendre; cuando este hubo concluido la lectura, Luis XVI, sin la menor emoción, en la apariencia al menor, dijo:
—Haré lo que las leyes y la Constitución me mandan hacer.
—Sí, sí —dijo una voz—, ese es tu gran caballo de batalla, ¡la Constitución!, la Constitución del 91, que te permite paralizar la máquina, atar la Francia a un poste y esperar a que los austríacos vengan a degollarnos.
El rey se volvió hacia a aquella nueva voz, comprendiendo que por este lado se le dirigía un ataque más grave.
Gilberto hizo también un movimiento y fue a poner su mano sobre el hombre del que acababa de gritar.
—Yo os he visto ya, amigo mío, ¿quién sois? —preguntó el rey.
Y le miraba con más curiosidad que terror, aunque la fisonomía de aquel hombre expresaba una energía terrible.
—Sí, ya me habéis visto tres veces, señor; una al volver de Versalles, el 16 de julio; otra en Varennes, y la tercera ahora. Acordaos de mi nombre, señor, porque es de funesto presagio: me llamo Billot.