La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Ya hemos visto cómo había salido el sol.
Sus primeros rayos iluminaron a dos jinetes que seguían al paso de sus monturas el muelle desierto de las Tullerías.
Estos dos jinetes eran el comandante general de la guardia nacional, Mandat, y su ayudante de campo.
Mandat, llamado a eso de la una de la madrugada a la casa de la ciudad, había rehusado al principio someterse a la orden.
Esta última se renovó más imperiosa dos horas después, y el comandante quiso resistirse aún; pero el síndico Roederer, acercándose a él, le había dicho:
—Caballero, ved que, según los términos de la ley, el comandante de la guardia nacional está a las órdenes de la municipalidad.
Entonces Mandat se resolvió.
Por lo demás, el comandante general ignoraba dos cosas:
Primeramente, que cuarenta y siete secciones, de cuarenta y ocho, habían nombrado cada una tres comisarios que debían reunirse en el ayuntamiento para salvar la patria; de modo que Mandat creía encontrar la antigua municipalidad compuesta como hasta entonces, y de ningún modo con ciento cuarenta y un agregado, personas nuevas para él.
